Muestra colectiva “Lo que no pide permiso”.
Altares, la materialidad de la fe, de Jimena Vera Psaró; A donde anidan mis placeres, de Emilia Carrión; y Atávicas, de Andrea Bustamante, se encuentran en un territorio común, donde lo íntimo deja de resguardarse y comienza a tomar forma, voz y potencia.
Conocé a las artistas y sus obras.
JIMENA VERA PSARÓ
Jimena Vera Psaró, es artista visual, periodista y escritora. Su práctica se despliega en el cruce entre imagen, palabra y materia, explorando lenguajes como la fotografía, la instalación, la cerámica y la experimentación con papel y materiales diversos.
Ha desarrollado exposiciones individuales y colectivas en la región y su trabajo ha sido reconocido en distintas convocatorias y salones de artes visuales, entre ellos el Salón Regional de Artes Visuales del NOA y el Salón Provincial de Artes Visuales de La Rioja, donde obtuvo el primer premio. Su producción indaga en las relaciones entre paisaje, memoria y territorio.
Sobre su obra «Altares, la materialidad de la fe»
La artista presenta una instalación compuesta por una infografía y 47 altares que reproducen, a escala, los 47 altares ubicados a lo largo de los 47 kilómetros de la Ruta Nacional N° 75.


EMILIA CARRIÓN
Emilia Carrión es artista visual y fotógrafa. Su práctica parte del dibujo y encuentra en la fotografía un lenguaje para explorar identidades, vínculos y escenas de lo cotidiano, desde una mirada sensible sobre lo íntimo y lo colectivo.
Sobre su obra «A donde anidan mis placeres»
Hay territorios del cuerpo que durante mucho tiempo permanecen en silencio. No porque carezcan de intensidad, sino porque la cultura ha preferido no mirarlos de frente. Entre ellos, la experiencia de la menopausia ha sido históricamente desplazada hacia los márgenes de los relatos sociales, médicos y culturales, como si los cuerpos femeninos maduros debieran atravesar ese umbral en una zona de opacidad y reserva. Sin embargo, lo que acontece en ese tránsito excede ampliamente lo biológico. El cuerpo que atraviesa la menopausia pone en tensión una trama de mandatos profundamente arraigados: la obligación de agradar, la productividad constante, la disponibilidad emocional y corporal.
Lejos de representar una pérdida, este proceso puede pensarse como un umbral desde el cual se reorganizan la palabra, el deseo y la autonomía. La menopausia aparece entonces como un territorio de reconfiguración subjetiva, donde aquello que durante años fue contenido encuentra nuevas formas de expresión y de presencia.
En este marco, la obra de Emilia Carrión retoma el bordado como lenguaje y dispositivo conceptual. Tradicionalmente ligado al ámbito doméstico y al trabajo femenino invisibilizado, el bordado se resignifica aquí como gesto crítico y político. La intervención sobre fotografías y la incorporación de materiales alternativos (trapos de cocina, lijas y objetos de desecho) construyen una poética donde desgaste, fricción y persistencia dialogan con la experiencia del cuerpo y con el paso del tiempo. La propuesta expande así el campo de lo visible, tensionando los límites entre lo íntimo y lo público. Al bordar, nombrar y exhibir esta experiencia, la obra abre un espacio de reconocimiento que desactiva el estigma y permite pensar la menopausia no como un cierre, sino como un territorio de resignificación.


ANDREA BUSTAMANTE
Sobre su obra «Atávicas»
La práctica artística de Andrea Bustamante se construye desde la escultura, donde el objeto, la materia y el espacio se convierten en dispositivos para pensar las relaciones entre memoria, identidad y comunidad.
La elección de los materiales y las imágenes responde a su carga simbólica y se vincula con un proyecto artístico atravesado por el interés en la configuración identitaria. La cerámica aparece como un lenguaje que permite recuperar saberes, gestos y experiencias, estableciendo un diálogo entre lo ancestral y lo contemporáneo. Desde esta perspectiva, los materiales no son solamente soportes de la obra, sino portadores de memoria y formas de construir sentido.
Desde allí, Atávicas propone volver sobre esos símbolos no para fijarlos en un pasado distante, sino para reconocer su capacidad de permanecer, transformarse y producir nuevos sentidos. La serie recupera una cosmogonía ancestral como territorio de memoria y, al mismo tiempo, como una forma de resistencia frente a la pérdida de vínculo con el entorno. En ese diálogo entre pasado y presente, la obra de Andrea interroga las formas en que construimos nuestra identidad y nuestros modos de nombrarnos.

